La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Weber visitó las habitaciones, y conociendo los hábitos de sus amos, eligió la que ocupaba la condesa de la Marck y la de los señores mariscales de Noailles y de Mouchy.
La ocupación de ese aposento, abandonado al punto por la señora de la Marck, tuvo algo de bueno, y fue el hallarse muy cerca para recibir a la Reina con sus muebles, su ropa blanca y sus cortinas y alfombras, que Weber compró.
A eso de las diez oyóse el ruido del coche de Sus Majestades que entraba.
Todo estaba preparado, y al correr al encuentro de sus augustos amos, Weber gritó:
—¡Servid al Rey!
Luis XVI, la Reina y madame Royale, el Delfín, y madama Isabel y Andrea, entraron.
El señor de Provenza había vuelto al castillo del Luxemburgo.
El Rey paseó una mirada inquieta por todas partes; mas al entrar en el salón vio, por una puerta entornada que daba a una galería, la cena ya dispuesta.
Al mismo tiempo, la puerta se abrió del todo y un ujier apareció diciendo:
—El Rey está servido.
—¡Oh! ¡Qué hombre de recursos es ese Weber! —exclamó el Rey rebosando de alegría—. Decidle de mi parte, señora, que estoy muy satisfecho de él.