La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—No dejaré de hacerlo, señor —contestó la Reina.

Y con un suspiro que contestaba a la exclamación del Rey, entró en el comedor.

Los cubiertos del Rey, de la Reina, de madame Royale, del Delfín y de madame Isabel, estaban puestos, pero no había ninguno para Andrea.

El Rey, aguijoneado por el hambre, no había notado esta omisión, que, por lo demás, no tenía nada de ofensiva, puesto que se procedía según las leyes de la más estricta etiqueta.

Pero la Reina, a quien nada escapaba, lo echó de ver desde luego.

—El Rey permitirá —dijo—, que la señora condesa de Charny cene con nosotros, ¿no es verdad?

—¡Ya lo creo! —exclamó el Rey—; hoy comemos en familia, y la señora condesa pertenece a la nuestra.

—Señor —dijo Andrea—, ¿es una orden la que el Rey me da?

El Rey miró a la Condesa con asombro.

—No, señora —contestó—, es un ruego del Rey.

—En este caso —replicó Andrea—, suplico al Rey que me dispense, pues no tengo apetito.


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