La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Pitou presagiaba instintivamente que había una tempestad en el aire, y como el pastor en los campos, aunque dispuesto a sufrirle si era preciso, no dejaba por eso de buscar de antemano un refugio para guarecerse.
Este refugio era Haramont.
Aquí se le consideraba como a un rey. ¡Qué digo, un rey! ¡Era más aún; era comandante de la guardia nacional, era Lafayette!
Por lo demás, tenía deberes que le llamaban a Haramont.
De consiguiente se prometió regresar prontamente a Haramont, después de ponerse de acuerdo con Catalina.
Y una vez concebido este proyecto mentalmente, con el permiso verbal del señor Billot y el consentimiento tácito de su mujer, entró en la habitación de la enferma.
Catalina le esperaba impaciente: por el brillo de sus ojos y el subido color de sus mejillas, se podía creer, como lo había dicho la enfermera, que estaba bajo el imperio de la fiebre.
Apenas Pitou hubo cerrado la puerta de la habitación de Catalina, esta última, reconociéndole por su paso, y después de esperarle hacía hora y media, se volvió vivamente hacia él y le presentó ambas manos.
—¡Ah!, ¿eres tú, Pitou? ¡Cuánto has tardado!