La Condesa de Charny

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Había circulado el rumor de que, gracias a la influencia de Pitou y por cualquier generosidad real, los treinta y tres hombres que la componían, sin contar su capitán Ángel Pitou, ostentarían ya el uniforme.

La tienda del maestro Dulauroy había estado llena de gente toda la semana; tal era la afluencia de curiosos dentro y fuera que deseaban ver a los diez obreros de aquel gigantesco pedido, del que no había memoria en Villers-Cotterêts.

El último uniforme, el del capitán —pues Pitou había exigido que no se pensase en él hasta después de servir a los otros—, el último uniforme se entregó en la noche del sábado a las once y cincuenta y nueve minutos, según lo estipulado.

Y Pitou, en cambio, entregó al contado al maestro sastre los veinticinco luises.

Todo esto había hecho mucho ruido en el distrito del cantón, y no era extraño que en el citado día se esperase con impaciencia a la guardia nacional de Haramont.

A las nueve en punto, el ruido de un tambor y de un pífano[18] resonó en la extremidad de la calle de Largny; oyéronse gritos de alegría y admiración, y se vio desde lejos a Pitou montado en su caballo blanco, o mejor dicho, en el de su teniente Desiré Maniquet.


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