La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Pitou, a quien aquel rumor habÃa recordado el de los motines parisienses, que más de una vez oyera, creyendo ver acercarse alguna cuadrilla de asesinos, y que deberÃa defender a algún nuevo Hesselles o Foullon o Bertier, habÃa gritado: «¡A las armas!», poniéndose a la cabeza de sus treinta y tres hombres.
Entonces la multitud se entreabrió, viendo al abate Fortier, a quien faltaba poco para parecerse a los antiguos cristianos que llevaban al circo, conducido ahora por Billot.
Un movimiento natural le impulsó a defender a su antiguo profesor, cuyo crimen ignoraba.
—¡Oh, señor Billot! —exclamó, saliendo al encuentro del labrador.
—¡Oh, padre mÃo! —exclamó Catalina, con un movimiento tan semejante que se hubiera creÃdo concertado por un director de escena.
Pero, bastó una mirada de Billot para detener a Pitou por un lado y a su hija por el otro. HabÃa alguna cosa del águila y del león a la vez en aquel hombre que representaba la encarnación del pueblo.
Cuando estuvo junto al estrado, soltó al abate Portier, diciéndole:
