La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Pues no os apruebo, Condesa, porque esta sopa es verdaderamente exquisita. ¿Por qué será la primera vez que me la sirven tan buena?
—Porque tenéis nuevo cocinero, señor, el de la condesa de la Marck, cuyas habitaciones ocupamos.
—Pues le retengo para mi servicio y deseo que forme parte de mi servidumbre. ¡Ese Weber es un hombre verdaderamente milagroso, señora!
—Sà —murmuró tristemente la Reina—. ¡Qué lástima que no se le pueda hacer ministro!
El Rey no oyó o no quiso oÃr; pero al ver a Andrea de pie y muy pálida, mientras que la Reina y madame Isabel, aunque no comiesen, tampoco se hallaban a la mesa, se volvió hacia la condesa de Charny.
—Señora —dijo—, si no tenéis gana, no digáis al menos que no estáis rendida; si rehusáis comer, no os negaréis por lo menos a dormir.
Y dirigiéndose a la Reina, añadió:
—Señora, dad permiso a la señora Condesa para que se retire; a falta del alimento, el sueño.
Y volviéndose hacia su servidumbre, dijo:
—Espero que no sucederá con el lecho de la señora condesa de Charny lo que ha sucedido con su cubierto, y que no se olvidará prepararle una habitación.
—¡Oh señor! —dijo Andrea—. ¿Cómo queréis que se hayan ocupado de mà en semejante trastorno?