La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Es inútil que vayáis esta semana a correos, porque durante algunos días no recibiré cartas.
Pitou iba a contestar que ya lo suponía; mas deseaba ver hasta qué punto llegaría la confianza de la joven en él.
Pero Catalina se limitó a la recomendación que acabamos de indicar, y que tan sólo tenía por objeto evitar al joven un viaje inútil todas las mañanas.
Sin embargo, a los ojos de Pitou, la recomendación de la joven tenía mayor alcance.
El hecho de que Isidoro se hallara en París no era una razón para que no escribiese, y si no lo hacía era porque pensaba verla.
¿Quién decía a Pitou que aquella carta fechada en París, y que él había depositado la misma mañana en el sauce hueco, no anunciaba a Catalina la próxima llegada de su amante? ¿Quién le decía que aquella mirada vaga en el espacio que sorprendió al presentarse y que al fin se fijó en él, no buscaba en el lindero del bosque alguna señal que indicase a la joven la llegada de su amante?
Pitou esperó a fin de dar tiempo a Catalina para que se consultara sobre si tenía que hacerle alguna confidencia; mas viendo que permanecía silenciosa, le dijo:
—Señorita Catalina, ¿habéis observado el cambio producido por el señor Billot?