La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Ah! —exclamó—, ¿habéis notado algo vos?
—Señorita Catalina —replicó Pitou, moviendo la cabeza—, seguramente llegará un momento —no sé cuando— en que aquel que es causa de ese cambio pasará un mal cuarto de hora; yo soy quien os lo dice. ¿Me comprendéis?
Catalina palideció.
Pero mirando siempre con fijeza a Pitou, interrogó:
—¿Por qué decÃs aquel y no aquella? Tal vez sea una mujer y no un hombre quien deberá sufrir las consecuencias de esa cólera oculta…
—¡Ah, señorita Catalina! —exclamó Pitou—, me espantáis. ¿Tenéis algo que temer?
—Amigo mÃo —contestó tristemente Catalina—, temo lo que una pobre joven que ha olvidado su condición y que ama a quien es superior a ella, puede temer de un padre irritado.
—Señorita —repuso Pitou, aventurándose a dar un consejo—, me parece que en vuestro lugar…
Y se interrumpió.
—¿Qué en mi lugar?… —repitió Catalina.