La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Pues bien, me parece… ¡Ah!, pero no —añadió—, habéis estado en peligro por una simple ausencia de ese caballero; si debierais renunciar a él sería para morir del todo, y yo no quiero que sucumbáis, aunque os haya de ver enferma y triste; prefiero esto a saber que estáis allá abajo en el cementerio… ¡Ah, señorita Catalina!, todo esto es una desgracia.

—¡Silencio! —exclamó Catalina—, hablemos de otra cosa o de nada, porque mi padre viene.

Pitou volvió la cabeza hacia donde Catalina miraba y vio al labrador que avanzaba al trote de su caballo.

Al ver a un hombre cerca de la ventana de Catalina, Billot se detuvo, y después, reconociendo sin duda quién era, prosiguió su camino.

Pitou dio algunos pasos para salirle al encuentro, sonriendo y con el sombrero en la mano.

—¡Ah, ah!, eres tú, Pitou —exclamó Billot—. ¿Vienes a comer, no es verdad?

—No, señor Billot —contestó Pitou—, no me permitiría eso… pero…

En aquel momento parecióle que una mirada de Catalina le estimulaba.

—Pero ¿qué? —preguntó Billot.

—Que… si me invitáis, aceptaré.

—Pues bien —contestó el labrador—, te invito.

—Pues entonces, acepto.


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