La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Pero rey como la ardilla, de cuya agilidad participaba; como la zorra, cuyas astucias conocía, y como el lobo, cuyos ojos ven de noche.
Pero en aquella hora no necesitaba ni la agilidad de la ardilla, ni las astucias de la zorra, ni los ojos del lobo.
Para Pitou no se trataba más que de cortar en diagonal la parte del bosque en que se hallaba, y volver al punto del lindero que se extendía en toda la longitud de la granja.
A sesenta o setenta pasos de distancia, Pitou vería a todo ser viviente que por allí pasara o que se moviera, haciendo uso de sus pies y de sus manos. Menos debía temer a un jinete, pues ninguno hubiera podido avanzar cien pasos por los caminos por donde él le hubiera conducido.
El joven se tumbó sobre la hierba, apoyando su cabeza en un árbol, y comenzó a reflexionar profundamente.
Pensó que su deber era impedir, en cuanto le fuese posible, que el padre Billot pusiera en ejecución la terrible venganza que meditaba.
El primer medio que se le ocurrió fue correr a Boursonnes, para avisar al vizconde de Charny y el peligro que le esperaba en el caso de aventurarse a ir hacia la granja.
Pero casi al punto reflexionó dos cosas.