La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La primera, que no había recibido de Catalina ningún encargo para obrar así.
Y la segunda, que tal vez el peligro no detendría a Isidoro de Charny.
Y, por otra parte, ¿qué seguridad tenía Pitou de que el vizconde, cuya intención era sin duda ocultarse, vendría por el camino destinado a los carruajes y no por alguno de esos angostos senderos que para abreviar camino suelen seguir los leñadores?
Además, si iba en busca de Isidoro, Pitou abandonaba a Catalina, y si hubiera sentido que le ocurriese una desgracia al vizconde, también le hubiese desesperado que Catalina sufriera un percance.
En su consecuencia, lo que le pareció más juicioso fue esperar donde se hallaba, y según lo que sobreviniera, tomar consejo de las circunstancias.
Entretanto se entretuvo en mirar la granja con ojos fijos y brillantes como los de un gato montes que acecha su presa.
El primer movimiento que observó fue la salida del padre Clouis.
Pitou le vio despedirse de Billot bajo la puerta cochera, y después costear el muro cojeando y desaparecer en la dirección de Villers-Cotterêts, por donde debía atravesar para dirigirse a su cabaña, distante legua y media de Pisseleu, poco más o menos.