La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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De aquí resultó que apenas Catalina penetró en el radio peligroso, y aunque su manteleta negra le hiciese casi invisible, no pudo escapar a las penetrantes miradas de su padre.

Pitou vio entreabrirse los postigos, entre los cuales pasó la cabeza de Billot, quedando un momento inmóvil, como si el hombre dudara del testimonio de sus ojos en aquellas tinieblas; pero los perros del pastor, que habían corrido en pos de la sombra, volvieron después a reunirse con su amo sin ladrar; de modo que Billot no dudó ya que aquella sombra fuese la de Catalina.

Los perros, al acercarse a ella, la reconocieron y en el acto dejaron de ladrar.

Todo esto se traducía tan claramente para Pitou como si hubiese conocido de antemano los detalles de aquel drama.

Esperaba, pues, que los postigos de la habitación de Billot se cerrasen, y que se abriera de seguida la puerta cochera.

En efecto, a los pocos segundos aquella se abrió, y cuando Catalina llegaba al lindero del bosque, Billot, con su escopeta al hombro, franqueaba el umbral de la puerta, avanzando después con paso rápido por el camino de Boursonnes, donde iba a desembocar al fin de un cuarto de legua la senda que Catalina seguía.


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