La Condesa de Charny
La Condesa de Charny ¡No se debía perder un momento, para que a los diez minutos no se encontrase la joven cara a cara con su padre!
Así lo comprendió Pitou.
Se levantó, saltó por los tallares como un corzo espantado, cortando diagonalmente el bosque en el sentido inverso a su primera carrera, y hallóse a orillas del sendero en el instante de oírse ya los pasos precipitados y la respiración anhelante de la joven.
Pitou se detuvo, ocultándose detrás del tronco de una encina.
A los diez segundos, Catalina pasaba a dos pasos de aquel árbol.
Pitou se descubrió, interceptando el paso a la joven y nombrándose al mismo tiempo.
Había juzgado necesaria esta triple acción para no asustar demasiado a Catalina.
En efecto, esta última no profirió más que un ligero grito, y deteniéndose temblorosa, menos por la emoción presente que por la pasada, exclamo:
—¡Vos aquí, señor Pitou!… ¿Qué me queréis?
—¡Ni un paso más, en nombre del cielo, señorita! —dijo Pitou, uniendo las manos.
—Y, ¿por qué?