La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Porque vuestro padre sabe que habéis salido, porque sigue el camino de Boursonnes con su escopeta, y porque os espera en la encrucijada de Bourg-Fontaine!

—Pero… ¡y él, él!… —exclamó Catalina casi fuera de sí—, ¡él no estará avisado!…

Y la joven hizo un movimiento para continuar su marcha.

—¿Lo estará más —replicó Pitou—, cuando vuestro padre os haya interceptado el paso?

—¿Qué hacer?

—Volved a vuestra habitación, señorita Catalina; yo me emboscaré en las inmediaciones de la granja, y cuando vea llegar al señor Isidoro le daré aviso.

—¿Vos haréis eso, querido Pitou?

—¡Por vos lo haré todo! ¡Ah!, ¡os amo tanto!

Catalina le estrechó la mano.

Y después de un momento de reflexión, contestó:

—Sí, decís bien, conducidme.

Y como sus piernas comenzaban a flaquear, se cogió del brazo de Pitou, que andando a su paso, mientras que ella corría, le hizo tomar el camino de la granja.

Diez minutos después, Catalina entraba en su aposento sin haber sido vista y cerraba su ventana, mientras que Pitou le mostraba el grupo de sauces en el que iba a vigilar y esperar.


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