La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Cuando el pequeño Príncipe estuvo en un sillón, madame Royale y la Reina comenzaron a buscar lo que podría necesitarse.
María Antonieta se acercó por lo pronto a una puerta, y en el momento de querer abrirla oyó al otro lado de ella un suspiro y un ligero rumor; escuchó atenta, y, como oyese suspirar de nuevo, se inclinó para mirar por el ojo de la cerradura: por el agujero de la llave vio a Andrea, de rodillas en una silla baja y orando.
Entonces retrocedió de puntillas, mirando siempre la puerta con una extraña expresión de dolor.
Enfrente de aquella puerta había otra; la Reina abrió la puerta y hallóse en una habitación suavemente caldeada, sin más luz que la de una lamparilla, a cuyo resplandor María Antonieta vio, con un estremecimiento de alegría, dos lechos frescos y blancos como dos altares.
Entonces su corazón se dilató, y una lágrima humedeció sus párpados secos.
—¡Oh! ¡Weber, Weber! —murmuró—, la Reina ha dicho al Rey que era lástima que no se pudiera nombrarte ministro; pero la madre te dice a ti que mereces una cosa mejor.