La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Y el labrador, apartando bruscamente a la pobre criatura, montó a caballo y dirigióse a los campos, mientras que su mujer, enjugándose dos lágrimas, iba a sentarse en su sitio acostumbrado bajo la campana de la chimenea.
Y excepto aquel ave cantora, aquella flor risueña que, bajo las facciones de una joven, alegraba las vetustas paredes, la granja se encontró desde el dÃa siguiente con el mismo aspecto que el de la vÃspera.
Por su parte, Pitou vio amanecer el dÃa en su casa de Haramont, y los que entraron en ella a las seis de la mañana halláronle alumbrado por una vela que, a juzgar por su largo pabilo, debÃa haber ardido largo tiempo, poniendo en limpio, para enviarla a Gilberto con todos los justificantes, la cuenta expresiva de los veinticinco luises que el doctor habÃa dado para el equipo de la guardia nacional de Haramont.