La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Mirabeau no se engañaba, y apenas entró en la Asamblea debió dar pruebas de valor. Todos le gritaban: «¡Traición!», y uno le mostraba una cuerda y el otro una pistola.
Mirabeau se encogió de hombros y pasó como Juan Bart, separando con los codos a los que se hallaban a su paso.
Las vociferaciones le siguieron hasta la sala, pareciendo promover otras nuevas. Apenas se presentó, cien voces gritaron: «¡Ah!, ¡hele ahí el traidor, el orador renegado, el hombre vendido!».
Barnave estaba en la tribuna hablando contra Mirabeau, y este le miró fijamente.
—Pues bien, sí —dijo Barnave—, a ti es a quien llaman traidor, y contra ti estoy hablando.
—Pues si hablas contra mí —contestó Mirabeau—, puedo ir a dar una vuelta por las Tullerías, pues tendré tiempo de volver antes de que hayas acabado.
Y, efectivamente, con la cabeza alta y los ojos amenazadores salió en medio de los silbidos, de las imprecaciones y de las amenazas, y se dirigió a las Tullerías.
En la gran avenida, una mujer joven, que tenía en la mano una rama de verbena, cuyo perfume aspiraba, reunía un círculo en torno suyo.
A su izquierda quedaba un sitio libre; Mirabeau cogió una silla y fue a sentarse a su lado.