La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La mitad de los que la rodeaban levantáronse y se marcharon.
Mirabeau los miró sonriéndose.
La joven le alargó la mano.
—¡Ah, baronesa! —dijo Mirabeau—, ¿no teméis contagiaros?
—Querido Conde —contestó la joven—, se dice que os inclináis hacia nosotros, y yo os atraigo.
Mirabeau sonrió, y habló tres cuartos de hora con la joven dama, que no era otra sino Ana Luisa Germaine Necker, baronesa de Stael.
Al cabo de este tiempo, y después de consultar su reloj, dijo al fin:
—Dispensadme, señora baronesa, pues debo retirarme. Barnave hablaba contra mà hacÃa ya una hora cuando salà de la Asamblea; he tenido el gusto de hablar con vos durante tres cuartos, y asà es que pronto habrán pasado dos horas desde que mi acusador habla; el discurso debe tocar a su fin, y es preciso que yo conteste.
—¡Id —contestó la baronesa—, responded y buen ánimo!
—Dadme esa ramita de verbena, baronesa —dijo Mirabeau—, me servirá de talismán.
—¡Tened cuidado; la verbena, querido conde, es el árbol de las libaciones fúnebres!
—Dádmela de todos modos; bueno es ir coronado como un mártir cuando se baja al circo.