La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—El hecho es —dijo madame Stael—, que es difícil ser más animal que la Asamblea nacional de ayer.

—¡Oh, baronesa, no vayáis un solo día!

Y tomando de sus manos la rama de verbena que la dama le ofrecía, Mirabeau saludó cortésmente, franqueó las escaleras que conducen al terrado de los Feuillants, y dirigióse a la Asamblea.

Barnave bajaba de la tribuna en medio de las aclamaciones de toda la sala; acababa de pronunciar uno de esos discursos estudiados que están bien en todas partes.

Apenas se vio a Mirabeau en la tribuna, una tempestad de gritos e imprecaciones estalló contra él.

Pero el gran orador, levantando su mano poderosa esperó, y aprovechándose de uno de esos intervalos de silencio, como los que hay en las tempestades y en los motines, dijo:

—¡Bien sabía yo que no estaba lejos el Capitolio de la roca Tarpeya!

Tal es la majestad del genio, que esta sola frase impuso silencio a los más alborotadores.


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