La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El perro vaciló; pero al ver una señal de impaciencia salió de su covacha por segunda vez, franqueó el espacio que le separaba de Mirabeau con los ojos fijos en los de este, levantó la cabeza lenta y tímidamente cuando estuvo a sus pies, y con la punta de la lengua le lamió los dedos.

—¡Está bien —dijo Mirabeau—; ahora a tu perrera!

Hizo un ademán, y el mastín fue a echarse.

Después, volviéndose hacia Gilberto, mientras que el joven permanecía en el pórtico, estremeciéndose aún y mudo de asombro, le dijo:

—¿Sabéis, querido doctor, en qué pensaba al hacer la locura que acabáis de presenciar?

—No, pero decídmelo, pues supongo que no la habréis hecho por una simple bravata.

—Pencaba en la famosa noche del 5 al 6 de octubre. Doctor, daría la mitad de los días que me quedan de vida porque el rey Luis XVI hubiese visto a este mastín precipitarse contra mí, volver a su perrera y venir a lamerme la mano.

Y dirigiéndose al joven, continuó:

—Espero que me dispenséis, caballero, por haber humillado a Cartouche. Y ahora vamos a ver la casa del amigo de los hombres, puesto que tenéis a bien mostrárnosla.


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