La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El perro se detuvo de pronto y miróle.
Mirabeau se agachó para coger un puñado de arena y se lo arrojó a la cara.
El mastÃn rugió, dando otro salto que le puso a tres o cuatro pasos de su adversario; pero este fue entonces quien avanzó hacia el animal.
El mastÃn quedó un instante inmóvil como el perro de granito del cazador Céfalo; después, inquieto por la marcha progresiva de Mirabeau, pareció vacilar entre la cólera y el temor y amenazó con los dientes y los ojos, pero doblando las patas posteriores. Al fin, Mirabeau levantó el brazo con ese ademán dominante que tan a menudo le dio buen resultado en la tribuna cuando lanzaba a sus enemigos el sarcasmo, la injuria o la ironÃa; y el perro, vencido y tembloroso retrocedió, mirando hacia atrás como para ver si tenÃa retirada; dio dos vueltas y entró precipitadamente en su perrera.
Mirabeau levantó la cabeza orgulloso y contento como un vencedor en los juegos Ãstmicos.
—¡Ah, doctor! —dijo—, el señor Mirabeau, padre, tenÃa razón al decir que los perros son candidatos a la humanidad. Habéis visto a ese mastÃn insolente y cobarde, y ahora le veréis servil como un hombre.
Al decir esto extendió el brazo y gritó:
—¡AquÃ, Cartouche, aquÃ!