La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Por favor! —dijo Mirabeau.
El joven se inclinó en señal de asentimiento y desvióse por la izquierda, mientras que Gilberto lo hacía por la derecha, como proceden los testigos de un duelo cuando uno de los adversarios tiene que tirar contra el otro.
Por lo demás, el joven, después de subir dos o tres escalones del pórtico, se disponía a sujetar al mastín si la palabra o la mirada del desconocido era insuficiente.
El perro volvió la cabeza a derecha e izquierda, como para ver si el hombre a quien parecía mirar con un odio implacable estaba aislado de todo auxilio; después, viéndole solo y sin armas se arrastró lentamente al salir de la perrera más bien como reptil que como cuadrúpedo, y de un salto franqueó la tercera parte de la distancia que le separaba de su antagonista.
Entonces Mirabeau se cruzó de brazos, y con esa mirada poderosa que le convertía en el Júpiter tonante de la tribuna, fijó los ojos en el animal.
Al mismo tiempo, cuanto podía contener de electricidad su vigoroso cuerpo pareció subir a su frente; sus cabellos se erizaron como la crin de un león, y si en vez de ser la hora del día en que el sol comienza a declinar, aunque se vea aún, hubiese sido el principio de la noche, sin duda se hubiesen visto surgir chispas de sus ojos.