La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El joven se lanzó entre el perro y aquel de sus visitantes contra el que parecÃa más encarnizado el mastÃn. Pero Mirabeau desvió al joven con la mano.
—Caballero —dijo—, los perros y los hombres han ladrado mucho contra mÃ; los hombres me han mordido algunas veces y jamás los perros. Además, se pretende que la mirada humana tiene una influencia poderosa sobre los animales, y os ruego que me permitáis hacer ahora la prueba.
—Caballero, ese mastÃn es maligno, os lo advierto.
—Dejadme, dejadme, caballero —contestó Mirabeau—, todos los dÃas debo habérmelas con animales más malignos que ese, y aun hoy he dado cuenta de toda una jaurÃa.
—Sà —repuso Gilberto—, pero podéis hablarle, y nadie niega el poder de vuestra palabra.
—Doctor, yo creÃa que erais un adepto del magnetismo.
—Sin duda. ¿Por qué lo decÃs?
—Porque en tal caso debéis conocer la fuerza de la mirada. Dejadme magnetizar a Cartouche.
Mirabeau hablaba esa lengua tan bien comprendida por las organizaciones superiores.
—Haced como gustéis —dijo Gilberto.
—¡Oh, caballero! —repitió el joven—, no os expongáis.