La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señores —continuó el joven—, ahora no hay detrás de esta verja más que un hombre dispuesto a abrirla y a recibiros, si la curiosidad no se limita en vosotros a mirar el exterior.
Gilberto tocó a Mirabeau con el codo, indicando asà que de buena gana visitarÃa el interior de la casa.
Mirabeau le comprendió, y, por otra parte, su deseo convenÃa con el del doctor.
—Caballero —dijo—, habéis leÃdo en el fondo de nuestro pensamiento. Ya sabemos que esta casa estuvo habitada por el amigo de los pobres, y tenÃamos curiosidad por visitarla.
—Y vuestra curiosidad redoblará, señores —dijo el joven— cuando sepáis que dos o tres veces, durante la permanencia del padre, fue honrada con la visita de su ilustre hijo, que si hemos de creer la tradición, no fue recibido siempre como merecÃa serlo, y como nosotros le recibirÃamos si experimentase el mismo deseo de vosotros, que me apresuro a satisfacer.
Asà diciendo el joven se inclinó, abrió la puerta, empujó la verja y les invitó a pasar.
Pero Cartouche no parecÃa dispuesto a dejarles disfrutar asà de la hospitalidad que se les ofrecÃa, y se precipitó de nuevo desde su perrera ladrando ruidosamente.