La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Al ver a un hombre detenerse delante de aquella verja, un enorme mastín de la raza de los Pirineos saltó gruñendo, pasó la cabeza a través de los hierros de la verja y trató de morder a Mirabeau, o de llevarse por lo menos algún pedazo de su ropa.

—¡Pardiez!, doctor —exclamó, retrocediendo para evitar los dientes blancos y amenazadores del perro—, nada ha cambiado aquí, y se me recibe como cuando vivía mi padre.

Sin embargo, muy pronto se presentó en el pórtico un joven, hizo callar al mastín, y llamándole hacia sí se adelantó al encuentro de los dos extranjeros.

—Dispensad, señores —dijo—, los amos no tienen nada que ver con el recibimiento que os hace el perro; muchos paseantes se detienen delante de esta casa, que estuvo habitada por el señor marqués de Mirabeau, y como el pobre Cartouche no comprende el interés histórico de la morada de sus humildes amos, siempre gruñe. ¡A tu perrera, Cartouche! —dijo.

El joven hizo un ademán de amenaza, y el mastín, gruñendo aún, fue a ocultarse en la perrera, por cuya abertura pasó sus dos patas anteriores, en las que apoyó su hocico, mostrando sus agudos dientes, su roja lengua y sus ojos de fuego.

Entretanto, Mirabeau y Gilberto cruzaban una mirada.


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