La Condesa de Charny

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—¡Una peregrinación! —exclamó Gilberto sonriendo—. Y ¿a qué santo?

—A San Riquetti, querido doctor; es un santo que vos no conocéis, pero que los hombres han canonizado. A decir verdad, dudo que Dios, suponiendo que se ocupe de todas las miserias de este pobre mundo, haya ratificado la canonización; pero no es menos cierto que aquí fue donde murió Riquetti, marqués de Mirabeau, amigo de los hombres, sacrificado como un mártir por las locuras y las calaveradas de su indigno hijo Honorato Gabriel Víctor Riquetti, conde de Mirabeau.

—¡Ah! Es cierto —dijo el doctor—, en Argenteuil fue donde murió vuestro padre; dispensadme si lo he olvidado. Mi excusa está en esto: yo llegaba de América cuando fui detenido en el camino del Havre a París, en los primeros días de julio, y me hallaba en la Bastilla cuando murió el marqués. Salí de la prisión el 14 de julio con los otros siete compañeros que allí quedaban, y por grande que fuera aquel acontecimiento privado, el recuerdo se perdió entre los grandes sucesos ocurridos entonces… Y ¿dónde vivía vuestro padre?

En el momento mismo en que Gilberto hacía esta pregunta, Mirabeau se detenía delante de la verja de una casa situada en el muelle frente al río, del que estaba separada por un pequeño prado de unos trescientos pasos y por una línea de árboles.


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