La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Recordaba que cuando la señora Lebrun hizo su encantador retrato de mujer joven, hermosa y feliz aún, la había representado, por equivocación sin duda, pero por presagio terrible, en la misma actitud que Enriqueta de Inglaterra, esposa de Carlos I, tiene en su retrato.

Recordaba en que el día en que por primera vez entró en Versalles, cuando al apearse del coche, sentaba el pie en el fúnebre pavimento de aquel patio de mármol, donde la víspera había visto correr tanta sangre, un trueno espantosa resonó de improviso, precedido del rayo, que había cruzado el aire a su izquierda de una manera tan aterradora, que el mariscal Richelieu, nada fácil de intimidar, exclamó haciendo un movimiento de cabeza:

—«¡Mal presagio!».

Recordaba todo esto, viendo siempre ante sus ojos aquel vapor rojizo que le parecía cada vez más denso.

Aquella especie de oscurecimiento era tan sensible, que la Reina levantó los ojos hasta el candelabro y vio que, sin ningún motivo, una de las bujías acababa de apagarse.

Entonces se estremeció; la bujía humeaba aún, y no se podía explicar la causa de extinguirse la llama.


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