La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Mientras que miraba el candelabro con asombro, le pareció que la bujía inmediata a la que acababa de apagarse palidecía lentamente, que poco a poco su luz blanca tomaba un color rojo y después azulado; luego la llama se adelgazó, prolongándose como si fuese a dejar la marcha, y al fin, oscilando un instante, como bajo un hálito invisible, se apagó también.
La Reina había contemplado la agonía de aquella luz con ojos de espanto, y con el pecho palpitante y las manos extendidas, se acercó más al candelabro cuando la bujía se apagaba. En fin, cuando dejó de lucir, la Reina había cerrado los ojos, recostándose en su sillón; pasóse, la mano por la frente y vio que estaba bañada en sudor.
Así permaneció, con los ojos arrasados, durante diez minutos, poco más o menos y cuando los abrió echó de ver con terror que la luz de la tercera bujía se alteraba también como la de las dos primeras.