La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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María Antonieta creyó por lo pronto que aquello era un sueño, y que se hallaba bajo el peso de alguna alucinación fatal. Trató de levantarse, mas parecióle que estaba encadenada a su sillón; quiso llamar a su hija, a quien diez minutos antes no hubiera despertado por una segunda corona, pero la voz se extinguió en su garganta, y esforzóse, en fin, para volver la cabeza, mas se mantuvo fija e inmóvil, como si la tercera bujía moribunda hubiese atraído su mirada y su aliento. Por fin, así como la segunda había cambiado de color, la tercera tomó tonos diferentes; palideció, se prolongó, vaciló de derecha a izquierda, luego, de izquierda a derecha, y por último se extinguió.

Entonces, tal esfuerzo hizo la Reina en su espanto, que comprendió que recobraba la palabra, y con ayuda de ella quiso recobrar el valor que le faltaba.

—No me inquieto —dijo en alta voz—, por lo que acaba de suceder con esas tres bujías; pero si la cuarta se apaga como las demás, ¡oh!, ¡desgraciada de mí!, ¡desgraciada de mí!

De improviso, sin pasar por los cambios que habían sufrido las otras, sin que la llama tomase otro color, sin que, al parecer, se prolongase ni fluctuara, como si el ala de la muerte la hubiese tocado al paso, la cuarta bujía se extinguió también.


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