La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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La Reina profirió un grito terrible, levantóse, dio dos vueltas sobre sí misma, batiendo el aire y la oscuridad con sus brazos, y cayó en el suelo desvanecida.

En el momento en que el ruido de su cuerpo resonaba, la puerta de comunicación se abrió, y Andrea, con su peinador de batista, apareció en el umbral, blanca y silenciosa como una sombra.

Se detuvo un instante, como si enmedio de aquella obscuridad viese pasar una especie de vapor, y escuchó cual si oyera agitarse en el aire los pliegues de un sudario.

Después, mirando al suelo, vio a la Reina tendida y sin conocimiento.

Entonces retrocedió un paso, como si su primer impulso fuese alejarse; pero después, dominándose a sí propia, sin decir palabra, sin hacer la menor pregunta —que por lo demás hubiera sido inútil—, sin enterarse de lo que la Reina tenía, la levantó entre sus brazos con una fuerza de que no se le hubiera creído capaz, y alumbrada sólo por las dos bujías que iluminaban su propia habitación, cuyo resplandor llegaba hasta el aposento de la Reina, condujo a esta a su lecho.

Después, sacando un frasco de esencia de su bolsillo, lo acercó a la nariz de María Antonieta.


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