La Condesa de Charny
La Condesa de Charny A pesar de la eficacia de estas esencias, el desmayo de María Antonieta era tan fuerte, que pasaron diez minutos antes de que exhalase un suspiro.
Al oír este suspiro, que anunciaba que la Reina volvía en sí, Andrea tuvo otra vez intención de alejarse; pero esta vez, como la primera, el sentimiento de su deber, tan poderoso en ella, la retuvo.
Tan sólo retiró su brazo, que tenía bajo la cabeza de María Antonieta, la cual había levantado, para que ninguna gota que aquel vinagre corrosivo, en el cual estaban bañadas las sales, pudiese correr por el rostro o el seno de la Reina. El mismo movimiento la hizo alejar el brazo y la mano que tenía el frasquito.
Pero entonces la cabeza volvió a caer sobre la almohada, y lejos ya la esencia, la Reina quedó, al parecer, sumida en un desvanecimiento más profundo que aquel de que acababa de salir.
Andrea, siempre fría, casi inmóvil, la levantó de nuevo y acercó por segunda vez el frasco de esencias, que produjo su efecto.
Un ligero estremecimiento corrió por todo el cuerpo de la Reina, suspiró, abrió los ojos, y evocando sus pensamientos recordó el horrible presagio. Después, comprendiendo que había una mujer a su lado, la rodeó con sus brazos, exclamando:
—¡Defendedme, salvadme!