La Condesa de Charny

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Capítulo LXIV

El cochero se detuvo en la puerta de la iglesia de Argenteuil.

—Os he dicho —continuó Mirabeau—, que no había vuelto jamás a esta ciudad desde el día en que mi padre me arrojó de su casa a bastonazos; pero me engañaba, pues vine el día en que acompañé sus restos mortales a esta iglesia.

Y Mirabeau, apeándose del coche, con el sombrero en la mano y la cabeza descubierta, entró en el templo con paso lento y solemne.

En aquel hombre extraño había tantos sentimientos opuestos, que algunas veces tenía veleidades de religión en la época en que todos eran filósofos, llegando algunos hasta el ateísmo.

Gilberto, siguiéndole de cerca, vio a Mirabeau cruzar toda la iglesia, y llegado cerca del altar de la Virgen, apoyarse en una columna maciza cuyo capitel romano parecía tener escrita la fecha del siglo XII.

Inclinó la cabeza y su mirada se fijó en una losa negra que formaba el centro de una capilla.

El doctor trató de explicarse lo que absorbía así el pensamiento de Mirabeau; sus ojos siguieron la misma dirección que los de este, y fijáronse en la inscripción siguiente:

Aquí reposa


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