La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El cochero se detuvo en la puerta de la iglesia de Argenteuil.
—Os he dicho —continuó Mirabeau—, que no habÃa vuelto jamás a esta ciudad desde el dÃa en que mi padre me arrojó de su casa a bastonazos; pero me engañaba, pues vine el dÃa en que acompañé sus restos mortales a esta iglesia.
Y Mirabeau, apeándose del coche, con el sombrero en la mano y la cabeza descubierta, entró en el templo con paso lento y solemne.
En aquel hombre extraño habÃa tantos sentimientos opuestos, que algunas veces tenÃa veleidades de religión en la época en que todos eran filósofos, llegando algunos hasta el ateÃsmo.
Gilberto, siguiéndole de cerca, vio a Mirabeau cruzar toda la iglesia, y llegado cerca del altar de la Virgen, apoyarse en una columna maciza cuyo capitel romano parecÃa tener escrita la fecha del siglo XII.
Inclinó la cabeza y su mirada se fijó en una losa negra que formaba el centro de una capilla.
El doctor trató de explicarse lo que absorbÃa asà el pensamiento de Mirabeau; sus ojos siguieron la misma dirección que los de este, y fijáronse en la inscripción siguiente:
Aquà reposa
