La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Por lo demás, Mirabeau no parecía haberse engañado tampoco respecto al espíritu de las provincias; los federados que fueron recibidos por Luis XVI llevaban a París el entusiasmo por la Asamblea nacional, pero al mismo tiempo la religión por la monarquía. Se quitaban el sombrero delante del señor de Bailly, gritando: «¡Viva la nación!», pero se arrodillaban delante de Luis XVI y depositaban las espadas a sus pies al grito de «¡Viva el Rey!».

Por desgracia, el Rey, poco poético y caballeresco, contestaba mal a todos estos impulsos del corazón.

Y desgraciadamente también, la Reina, demasiado altiva, no apreciaba como era debido aquellos testimonios nacidos del corazón.

Además, la pobre mujer tenía algo sombrío en el fondo del pensamiento, algo semejante a uno de esos puntos oscuros que manchan la faz del sol.

Esta cosa sombría, esta úlcera que corroía su corazón, era la ausencia de Charny.

De Charny, que seguramente hubiera podido volver, y que permanecía junto al señor de Bouillé.


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