La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Por un momento, cuando vio a Mirabeau, tuvo la idea de ser coqueta con aquel hombre por pura distracción. Aquel poderoso genio había lisonjeado su amor propio real y femenino al arrodillarse a sus pies; pero, al fin y al cabo, ¿qué es el genio para el corazón? ¿Qué importan a las pasiones esos triunfos del amor propio, esas victorias del orgullo? Ante todo, la Reina había visto en Mirabeau, con sus ojos de mujer, al hombre material, al hombre aquejado de una obesidad enfermiza, con las mejillas surcadas, laceradas por la viruela, con sus ojos rojizos y su abultado cuello, y al punto le comparó con el vizconde Charny, el joven elegante, apuesto caballero, que estaba en la madurez de la belleza. Charny con su brillante uniforme, que le comunicaba el aspecto de un príncipe de las batallas; mientras que Mirabeau, con su traje vulgar, y cuando el genio no animaba su expresivo rostro, parecía un canónigo disfrazado. Al pensar esto se había encogido de hombros exhalando un profundo suspiro, y había tratado de penetrar la distancia, y con voz dolorosa, llena de sollozos, había murmurado: «¡Charny!, ¡oh, Charny!».






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