La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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¿Qué importaban a la Reina en tales momentos las poblaciones reunidas a sus pies? ¿Qué le importaban aquellas oleadas de hombres impelidos como una marea por los cuatro vientos del cielo, y que hollaban las gradas del trono gritando: «¡Viva el Rey, viva la Reina!»? Si una voz bien conocida hubiese murmurado a su oído: «¡María, nada ha cambiado en mí; os amo como siempre!», esta voz hubiera hecho creer que nada tampoco había cambiado en torno suyo, y esto hubiera hecho más para satisfacer su corazón y serenar su frente que todos aquellos gritos, aquellas promesas y juramentos.

Al fin llegó el 14 de julio, impasible y a su hora, trayendo consigo esos pequeños y grandes acontecimientos que constituyen a la vez la historia de los humildes y de los poderosos, del pueblo y de la monarquía.

Como si el 14 de julio no hubiera sabido que llegaba para iluminar un espectáculo inusitado, desconocido y magnífico, vino con la frente cargada de nubes, con fuerte viento y lluvia.

Pero una de las cualidades del pueblo francés consiste en reírse de todo, hasta de la lluvia en los días de fiesta.

Los guardias nacionales parisienses y los federados de provincias, reunidos en los bulevares desde las cinco de la mañana, empapados de agua y muriéndose de hambre, reían y cantaban.


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