La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Verdad es que la población parisiense, que no podía preservarles de la lluvia, tuvo al menos la idea de darles el alimento necesario.

De todas las ventanas se comenzó a bajar con cuerdas panes, jamones y botellas de vino.

Lo mismo sucedió en todas las calles por donde pasaron; durante su marcha, ciento cincuenta mil personas ocupaban sus puestos en las eminencias del Campo de Marte, y otras tantas permanecían de pie detrás de ellas.

En cuanto a los anfiteatros de Chaillot y de Passy, estaban cargados de espectadores, cuyo número no era posible contar.

¡Magnífico circo, gigantesco anfiteatro, grandiosa arena, dónde se efectuó la federación de Francia, y dónde se celebrará algún día la federación del mundo!

¿Qué importa que veamos o no esa fiesta, puesto que nuestros hijos y el mundo entero la verán al fin?

Uno de los grandes errores del hombre es creer que el mundo entero se ha hecho para su corta vida, siendo así que esos encadenamientos de existencias infinitamente breves, efímeras y casi invisibles, excepto a los ojos de Dios, son las que forman el tiempo, es decir, el período más o menos largo durante el cual la Providencia, esa Isis de cuádruples mamas que vela sobre las naciones, trabaja en su obra misteriosa, prosiguiendo su incesante génesis.


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