La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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En cada ángulo del monumento humeaba en inmensas cazoletas ese incienso que la Asamblea nacional ha decidido que no se queme sino para Dios.

En cada uno de los cuatro lados había inscripciones anunciando al mundo que el pueblo francés era libre, e invitando a las naciones a proclamar la libertad.

¡Oh, gran alegría de nuestros padres! ¡Fue tan viva, tan profunda y verdadera, que sus estremecimientos han llegado hasta nosotros!

Y sin embargo, el cielo hablaba como un augur antiguo.

A cada instante, pesados chaparrones, ráfagas de viento y nubes sombrías: 1793, 1814 y 1815.

Después, de vez en cuando y en medio de todo aquello, un sol brillante: 1830 y 1848.

¡Oh, profeta que hubieses venido a vaticinar a aquel millón de hombres! ¿Cómo te hubieran recibido?

¡Cómo los griegos recibieron a Calchas, como los troyanos recibían a Casandra!

Pero aquel día no se oyeron más que dos voces: la voz de la fe, a la cual contestaba la de la esperanza.

Delante de los edificios de la Escuela Militar se habían levantado galerías revestidas de colgaduras y sobrepuestas de banderas tricolores; estas galerías estaban reservadas para la Reina, para la corte y la Asamblea nacional.


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