La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Dos tronos semejantes, elevándose a tres pies de distancia uno de otro, estaban destinados al Rey y al presidente de la Asamblea.
¡Luis XVI, titulado, por aquel día solamente, jefe supremo y absoluto de los guardias nacionales de Francia, había transmitido su mando al señor de Lafayette!
¡Por lo tanto, este último era aquel día generalísimo de seis millones de hombres armados!
Su fortuna, más grande que él, tenía prisa por llegar a las cúspides, y no podía pasar mucho tiempo sin que declinase y se extinguiese.
Aquel día alcanzó su apogeo; pero así como esas apariciones nocturnas y fantásticas que pasan poco a poco de todas proporciones humanas, no se habían engrandecido desmesuradamente sino para disolverse en vapor, desvanecerse y desaparecer.
Pero durante la federación, todo era realidad y todo tenía el aspecto de esta.
Pueblo que debía presentar su dimisión; Rey cuya cabeza debía caer; generalísimo a quien los cuatro pies de su caballo blanco conducirían al destierro.