La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La misma noche en que ocurrieron los hechos que acabamos de referir, otro, no menos grave, puso en conmoción a todo el colegio del abate Portier.
Sebastián Gilberto había desaparecido a eso de las seis de la tarde, y a medianoche, a pesar de las minuciosas pesquisas practicadas en toda la casa por el abate y la señorita Alejandrina Fortier, su hermana, no le habían encontrado.
Se preguntó a todo el mundo; pero nadie sabía qué era de él.
Solamente la tía Angélica, al salir de la iglesia, a donde había ido para arreglar las sillas a eso de las ocho de la noche, creía haberle visto entrar en la callejuela que hay entre la iglesia y la prisión, y dirigirse corriendo al Parterre.
Este informe, en vez de tranquilizar al abate Fortier, le había inquietado más. No ignoraba las extrañas alucinaciones que sobrecogían a Sebastián cuando la mujer a quien llamaba su madre se le aparecía; más de una vez durante el paseo, el abate, prevenido de aquella especie de vértigo, había seguido al niño con los ojos al verle penetrar demasiado en el bosque, y en el momento en que temía verle desaparecer, había echado en su persecución a los más ágiles corredores de su colegio.
