La Condesa de Charny

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Dejó caer el tapiz tras sí y detúvose en el umbral, esperando a que le dirigiesen la palabra.

—Acércate —dijo el presidente.

El joven se aproximó.

Ya hemos dicho que podría tener de veinte a veintidós años escasos; gracias a su cutis blanco y fino, hubiera podido pasar por una mujer; la enorme corbata oprimida que llevaba él sólo en aquella época, podía hacer creer que el brillo y la transparencia de su piel no reconocía por causa principal la pureza de la sangre, sino todo lo contrario, es decir, alguna enfermedad secreta y oculta; a pesar de su elevada estatura y de aquella alta corbata, el cuello parecía relativamente corto; la frente era estrecha y la parte superior de la cabeza parecía deprimida. De aquí resultaba que los cabellos, sin ser más largos de los que se acostumbraba a llevar sobre la frente, tocaban casi en los ojos, mientras que por detrás de la cabeza descendían hasta los hombros. En toda su persona se notaba además una rigidez automática, que parecía comunicar al joven, aunque apenas se hallaba en el umbral de la vida, el aspecto de un enviado del otro mundo, de un diputado de la tumba.

El presidente le miró un instante con cierta atención antes de comenzar el interrogatorio.

Pero aquella mirada, que expresaba el asombro y la curiosidad, no pudo hacer bajar los ojos fijos del joven que esperaba.


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