La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Ha dicho la verdad?
—SÃ.
—¿Opináis que se le debe admitir?
—Sà —contestaron por tercera vez.
—¿Estás dispuesto a jurar? —preguntó el presidente al adepto.
—Sà —contestó Saint Just.
Entonces, palabra por palabra, el presidente repitió, en su triple perÃodo, el mismo juramento que habÃa dictado a Billot, y a cada pausa del presidente, Saint Just contestó con su voz firme y dura:
—¡Juro!
Prestado el juramento, la misma puerta se abrió por una mano invisible, y con el mismo paso rÃgido y automático que habÃa entrado, Saint Just se retiró sin dejar evidentemente tras sà ni duda ni sentimiento.
El presidente esperó a que la puerta de la cripta se hubiese cerrado, y dijo en voz alta:
—¡El número 3!
El tapiz se levantó por segunda vez y presentóse el tercer adepto.
Según hemos dicho ya, era hombre de unos cuarenta años, que manifestaba en toda su persona, a pesar de ciertos caracteres vulgares, cierto aire aristocrático, con el que se mezclaban un no sé qué de anglomanÃa visible a la primera mirada.