La Dama de Monsoreau

La Dama de Monsoreau

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LXII

Cómo el rey Enrique III supo la fuga del duque de Anjou

Cuando M. de Monsoreau salió del comedor continuó la cena con más bullicio y libertad que nunca.

La sombría figura del montero mayor había contribuido en gran parte a mantener cierta reserva entre los concurrentes, los cuales habían adivinado que no era sólo la fatiga la que imprimía en la frente del conde el sello de mortal tristeza que era el rasgo más marcado de su semblante, sino que su imaginación se entretenía en lúgubres objetos.

Cuando salió, el príncipe, que no se hallaba bien en su presencia, recobró la serenidad, y dijo a Livarot:

—Continúa, Livarot, refiriéndonos vuestra fuga de París, ya que no nos puede interrumpir como antes M. de Monsoreau.

Y Livarot continuó.

Mas como nuestro título de historiador nos da el privilegio de saber mejor que el mismo Livarot lo que había pasado, sustituiremos nuestra relación a la del joven, y lo que perderá en viveza ganará en extensión, pues que sabemos lo que Livarot no podía saber, es decir, lo que aconteció en el Louvre.


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