La Dama de Monsoreau

La Dama de Monsoreau

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LXIII

Continuación del anterior

Enrique se acercó para convencerse de que el autor de aquellas figuras geográficas era el gascón, el cual, no menos atento que Arquímedes a su tarea, parecía resuelto a no levantar los ojos del suelo, aun cuando la capital fuese tomada por asalto.

—¡Ah, mal vasallo! —exclamó el monarca con voz de trueno—; ¿es así como defiendes a tu rey?

—Le defiendo a mi modo, y creo que mi manera de defenderle es la buena.

—¡La buena! —exclamó el rey—; la buena, perezoso.

—Lo he dicho y lo demuestro.

—Tengo curiosidad de ver esa prueba.

—Es muy fácil: en primer lugar hemos hecho una gran necedad, una necedad de marca mayor.

—¿En qué?

—En lo que hemos ordenado respecto a los angevinos.

—¡Hola! —dijo Enrique sorprendido de la identidad de pareceres que hallaba en aquellas dos personas de ingenio eminentemente sutil y que no habían podido ponerse de acuerdo para manifestar la misma opinión.


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