La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau Continuación del anterior
Enrique se acercó para convencerse de que el autor de aquellas figuras geográficas era el gascón, el cual, no menos atento que Arquímedes a su tarea, parecía resuelto a no levantar los ojos del suelo, aun cuando la capital fuese tomada por asalto.
—¡Ah, mal vasallo! —exclamó el monarca con voz de trueno—; ¿es así como defiendes a tu rey?
—Le defiendo a mi modo, y creo que mi manera de defenderle es la buena.
—¡La buena! —exclamó el rey—; la buena, perezoso.
—Lo he dicho y lo demuestro.
—Tengo curiosidad de ver esa prueba.
—Es muy fácil: en primer lugar hemos hecho una gran necedad, una necedad de marca mayor.
—¿En qué?
—En lo que hemos ordenado respecto a los angevinos.
—¡Hola! —dijo Enrique sorprendido de la identidad de pareceres que hallaba en aquellas dos personas de ingenio eminentemente sutil y que no habían podido ponerse de acuerdo para manifestar la misma opinión.
