La Dama de Monsoreau

La Dama de Monsoreau

LXIV

La gratitud de M. de San Lucas

Al siguiente día del en que monsieur de Monsoreau había hecho tan triste figura entre los concurrentes a la mesa del duque de Anjou, circunstancia que le había valido el permiso de acostarse antes de acabarse la cena, se levantó el montero mayor muy de madrugada y bajó al patio de palacio.

Pensaba buscar al palafrenero, que había ensillado a Rolando la víspera y sacar de él, si era posible, algunas noticias acerca del caballo.

Hallóle en efecto: entró primero en una vasta cuadra, en donde cuarenta caballos magníficos rumiaban agradablemente la paja y la avena de los angevinos.

La primera mirada del conde fue para buscar a Rolando: Rolando se hallaba en su sitio y se distinguía entre los de mejor boca.

La segunda mirada fue para buscar al palafrenero; el palafrenero estaba de pie con los brazos cruzados mirando, según costumbre, de los que saben su obligación, de qué modo comían los caballos de Su Alteza el pienso de la mañana.

—¡Hola! amigo —dijo el conde—, los caballos de Su Alteza, ¿tienen por costumbre volverse solos a la caballeriza? ¿Les enseñan aquí eso?

—No, señor conde —contestó el palafrenero—, ¿por qué me lo pregunta vueseñoría?

—Lo digo por Rolando.


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