La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau La gratitud de M. de San Lucas
Al siguiente dÃa del en que monsieur de Monsoreau habÃa hecho tan triste figura entre los concurrentes a la mesa del duque de Anjou, circunstancia que le habÃa valido el permiso de acostarse antes de acabarse la cena, se levantó el montero mayor muy de madrugada y bajó al patio de palacio.
Pensaba buscar al palafrenero, que habÃa ensillado a Rolando la vÃspera y sacar de él, si era posible, algunas noticias acerca del caballo.
Hallóle en efecto: entró primero en una vasta cuadra, en donde cuarenta caballos magnÃficos rumiaban agradablemente la paja y la avena de los angevinos.
La primera mirada del conde fue para buscar a Rolando: Rolando se hallaba en su sitio y se distinguÃa entre los de mejor boca.
La segunda mirada fue para buscar al palafrenero; el palafrenero estaba de pie con los brazos cruzados mirando, según costumbre, de los que saben su obligación, de qué modo comÃan los caballos de Su Alteza el pienso de la mañana.
—¡Hola! amigo —dijo el conde—, los caballos de Su Alteza, ¿tienen por costumbre volverse solos a la caballeriza? ¿Les enseñan aquà eso?
—No, señor conde —contestó el palafrenero—, ¿por qué me lo pregunta vueseñorÃa?
—Lo digo por Rolando.
