La Dama de Monsoreau

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VII.

El rey Enrique se prepara para acostarse

Después de esta escena, comenzada en tragedia y terminada en comedia, cuya noticia se difundió por la ciudad como un eco del Louvre, el rey se dirigió irritado a su habitación, seguido de Chicot, que pedía de cenar.

—No tengo apetito —dijo Enrique al entrar en su aposento.

—Es posible —contestó Chicot—, pero yo ya rabio de hambre y quisiera morder alguna cosa.

El rey hizo como que no le oía. Se desabrochó la capa y la arrojó sobre la cama; se quitó la toquilla, que llevaba prendida a la cabeza con largos alfileres negros y la tiró en un sillón; luego, adelantándose hacia el pasadizo que conducía al cuarto de San Lucas, separado del suyo por un delgado tabique dijo:

—Espérame, bufón; vuelvo.

—¡Oh! no tengas prisa, hijo mío —dijo Chicot—, no tengas prisa; —y escuchando los pasos de Enrique que se alejaba, prosiguió—: deseo que tardes un poco para tener tiempo de prepararte una pequeña sorpresa.

Después que se extinguió enteramente el ruido de los pasos:

—¡Hola! —gritó abriendo la puerta de la antesala.


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