La Dama de Monsoreau

La Dama de Monsoreau

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LXX

Continuación

Bussy no se apartaba de Diana: la benévola sonrisa de Monsoreau le daba una libertad de que con gusto se aprovechaba. Los celosos que han hecho cruda guerra a sus rivales para conservar su tesoro, tienen el privilegio de no ser perdonados cuando los matuteros ponen el pie en sus tierras.

—Señora —decía Bussy a Diana—, soy en verdad el hombre más infeliz. Al recibir la noticia de su muerte aconsejé al príncipe que volviera a París e hiciese paces con la reina; el príncipe consintió y ahora vos os quedáis en Anjou.

—¡Oh, Luis! —repuso la joven estrechando con el extremo de sus afilados dedos la mano de Bussy—, ¿os atrevéis a decir que somos desgraciados? Tantos hermosos días, tantos goces inefables cuyo recuerdo deleita mi corazón, ¿no significan nada para vos?

—No los he olvidado, señora, al contrario, los tengo demasiado presentes, y por lo mismo me considero desgraciado al pensar que voy a perder esa felicidad. ¿Sabéis lo que voy a padecer, señora, si me veo obligado a volver a París, a separarme cien leguas de vos? Mi corazón, Diana, se parte de dolor y mi ánimo desfallece.

Diana miró a Bussy: en las miradas del joven se veía la expresión de un dolor tan intenso, que madame de Monsoreau bajó la cabeza y se puso a reflexionar.


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