La Dama de Monsoreau

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LXXI

La vuelta a París de M. de San Lucas

Desde la partida de Catalina, el rey, a pesar de la confianza que tenía en el embajador enviado a Angers, sólo pensaba en armarse contra las tentativas de su hermano.

Conocía por experiencia el carácter de su familia: sabía todo lo que puede un pretendiente a la corona, es decir, el hombre nuevo, contra el poseedor legítimo, esto es, contra el hombre gastado y enojoso.

Divertíase, o más bien se aburría como Tiberio, en formar con Chicot listas de proscripción, donde inscribía por orden alfabético los nombres de todos aquellos que no se habían mostrado celosos partidarios suyos.

Estas listas iban siendo cada día más largas.

Y en la S y en la L, es decir, dos veces en vez de una, escribía todos los días el nombre de M. de San Lucas.

Por otra parte, la cólera de Enrique contra su antiguo favorito, estaba bien alimentada con los comentarios de la Corte, con las insinuaciones pérfidas de los cortesanos, y con las amargas recriminaciones contra la fuga a Anjou del esposo de Juana de Cossé, fuga que se había convertido en traición desde el instante en que el mismo duque se había refugiado en la provincia.


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