La Dama de Monsoreau
La Dama de Monsoreau El embajador del señor duque de Anjou
La noticia de la disensión que había estallado entre los dos hermanos adquiría cada día más importancia, a causa de la ausencia de Catalina y del duque de Anjou.
El rey no recibía aviso ninguno de su madre y en vez de deducir de aquí según el proverbio, que había buenas noticias, decía por el contrario meneando la cabeza.
—Malas noticias hay cuando no recibo aviso alguno.
Los favoritos añadían:
—Vuestro mal aconsejado hermano habrá detenido en su poder a la reina madre.
Vuestro mal aconsejado hermano. Efectivamente en estas palabras se resumía toda la política de aquel reinado singular y de los tres reinados anteriores.
Mal aconsejado fue Carlos IX cuando dispuso, o al menos autorizó, los asesinatos del día de San Bartolomé: mal aconsejado fue Francisco II cuando ordenó las ejecuciones de Amboise: mal aconsejado fue Enrique II, padre de toda aquella raza perversa, cuando mandó quemar a tantos herejes y conspiradores antes de morir a manos de Montgomery, el cual, según se decía, fue también mal aconsejado cuando el palo de su lanza penetró en la visera del casco de su rey.
