La Dama de Monsoreau

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VIII

De qué modo el rey Enrique se halle convertido de la noche a la mañana, sin que nadie supiese la causa de su conversión

Así transcurrieron dos horas.

De repente resonó un terrible grito que salía del cuarto del rey. Sin embargo, la lámpara seguía apagada, el silencio era tan profundo como antes y ningún ruido se había dejado oír, salvo el extraño grito de Enrique III.

Porque era, efectivamente, el rey quien había gritado. Inmediatamente después se oyó el ruido de un mueble que caía al suelo, de una vasija de porcelana que se rompía y de apresurados pasos que resonaban en el aposento; luego nuevos gritos mezclados con ladridos de perro; por último se vieron brillar luces y relucir espadas en las galerías, y los pesados pasos de los guardias medio dormidos hicieron temblar el pavimento.

—¡A las armas! —gritaron todos—, ¡a las armas! el rey llama, corramos a la habitación del rey.

Y acto continuo el capitán de guardias, el coronel de suizos, los criados de palacio, los arcabuceros de servicio, se precipitaron a porfía en el real aposento, que inmediatamente quedó iluminado por veinte antorchas.


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