La Dama de Monsoreau

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LXXVIII

Los acechadores

Aurilly y el duque de Anjou se cumplieron mutuamente la palabra: el duque retuvo consigo a Bussy todo lo que pudo durante el día, con objeto de no perderle de vista.

Bussy no deseaba otra cosa más que hacer por el día la corte al príncipe para tener la noche libre. Éste era su sistema y le practicaba sin segunda intención.

A las diez de la noche se embozó en la capa, y con su escala debajo del brazo se dirigió hacia la Bastilla.

El duque, ignorando que Bussy tenía una escala en su aposento, y no pudiendo creer que de aquella manera se aventurase solo por las calles de París, pensando además que pasaría por su palacio para tomar un caballo y un criado, perdió diez minutos en preparativos, durante los cuales, Bussy listo y enamorado, recorrió las tres cuartas partes de su camino.

Todo le salió a nuestro gentilhombre a pedir de boca como sucede de ordinario a las personas atrevidas; no tuvo ningún mal encuentro, y aproximándose a la ventana vio la luz que reflejaba en los vidrios.

Era la señal convenida entre él y Diana.

Lanzó la escala al balcón; aquella escala tenía seis garfios colocados unos hacia arriba y otros hacia abajo, de modo que siempre se asían de alguna parte.


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